Grupo TPI

Grupo para la Transformación Política de Izquierda

Un diagnóstico alternativo para una nueva política comercial.

Posted by grupotpi en 30/09/2010

Les acercamos la nota que presentamos en el número 52 de la revista “Valor F.O.B.” publicada en agosto – septiembre de 2010.

***

El desarrollo de nuestro país requiere que el conjunto de políticas aplicadas se articulen sobre la base de un diagnóstico completo. El caso de la política comercial es otro de los aspectos a considerar.

Evidentemente uno de los problemas centrales de toda economía subdesarrollada es la baja competitividad de su producción, principalmente aquella de elevado valor agregado. Esto se debe a las diferencias respecto a la escala, tecnología, calidad de producto y de procesos, etc. que mantenemos con las economías más competitivas.

En Argentina, estas cuestiones están relacionadas con la forma que tomó su proceso de desarrollo y sus condiciones específicas. Puntualmente, con el objetivo de promocionar al sector industrial (que continúa siendo el objetivo central) se “cerró” la economía para permitir a las empresas producir y vender sin poseer la productividad de sus competidoras en el mercado mundial. Sin embargo, el mercado interno argentino es reducido (aún con una distribución del ingreso y salarios reales mejores a los actuales) para, por sí mismo, permitir alcanzar escalas internacionales. A partir de allí los problemas se van encadenando: una menor escala implica menor capacidad para incorporar tecnología (ni que hablar para desarrollarla), lo que redunda en un menor, y más lento, aumento en la productividad.

Dadas estas condiciones, ¿cómo generar aumentos sostenidos de productividad y reducir la brecha con los países desarrollados? Aquí, la política comercial juega un rol primordial. No pueden alcanzarse niveles de remuneración similares a los de esos países sin una productividad equivalente. Ahora bien, para ello debemos lograr aumentar la escala de las empresas nacionales para lo que necesitamos un mercado más amplio. Estas empresas, sin embargo, no están hoy en condiciones de competir directamente con aquellas que producen para el mercado mundial y, entonces, una estrategia de desarrollo económico no puede consistir en librarlas a su suerte. Tampoco podemos subsidiar a cualquier empresa o producto, sin condicionalidades ni planificación. Un subsidio de tal tipo sólo provocaría una mayor rentabilidad temporalmente, que al no modificar su condición estructural, tarde o temprano se volvería insuficiente.

Sobre este diagnóstico, es necesario plantear una estrategia: ¿a quiénes promocionar y cómo? Entre los beneficiarios hay que reconocer que algunos sectores se encuentran en mejores condiciones y que, además, no todos enfrentan la misma competencia. Debemos tener claros qué objetivos perseguimos: en primer lugar, aspiramos a lograr crecientes y diversificadas exportaciones de elevado valor agregado; en segundo lugar, se debe estimular la creación de empleos; y finalmente, para todo ello, tener presente los posibles encadenamientos productivos de cada sector.

En ese sentido, deberemos promocionar sectores “intensivos en conocimiento” o de “nuevas tecnologías”, donde la escala de producción no tenga un rol tan determinante y, por último, donde la competitividad de las empresas líderes no se establezca sobre reducidos costos laborales. Asimismo, resulta apropiado sumar a aquellos sectores que, por utilizar como insumos mercancías agrarias abaratadas por los impuestos a las exportaciones, pueden compensar “autónomamente” por lo menos parte de su rezago productivo. Dentro este grupo, el principal sector es el de alimentación, pero el argumento es -sin dudas- generalizable a todos los vinculados con actividades extractivas.

La pregunta (mucho más conflictiva) es, una vez identificados ¿cómo promocionarlos? Dado que poseemos recursos limitados la estrategia no puede ser esperar cruzado de brazos que algún beneficio provea resultados, sino que éstos deben atarse a objetivos concretos, mensurables y controlables. Es decir que, si no cumplen las metas, el beneficio debe retirarse. Por ejemplo, créditos a tasas promocionadas que mantengan tal interés en virtud del cumplimiento de las pautas acordadas, aumento de exportaciones o incremento de productividad. El ejemplo es simplemente para mostrar la forma del instrumento, ya que no creemos que la diferencia entre una buena política comercial y una mala sea en relación a los mecanismos sino a su forma de aplicación. En ningún lado existen soluciones mágicas.

En este sentido, se estuvo discutiendo, en los últimos tiempos, la posibilidad de aplicar límites a las importaciones. Claramente, no fue una medida muy elaborada, pero sí sirvió, al menos, para poner de manifiesto que la política comercial es un instrumento sumamente poderoso para lograr mayores niveles de desarrollo. El punto central sigue siendo que, sin la posibilidad de la competencia externa las condicionalidades pierden vigencia para inducir a las empresas a llevar adelante comportamientos de inversión e innovación ya que no existe riesgo alguno para ellas. Al mismo tiempo, controlar el cumplimiento de los objetivos permite al Estado no quedar como rehén de sus políticas ya que, de no lograrse mejoras de competitividad, nos enfrentaríamos a una dicotomía sumamente perversa: o subsidiamos eternamente o vemos quebrar a las empresas (junto con las consecuencias sobre el mercado de trabajo y el bienestar de la sociedad).

En el mismo sentido, la política comercial en sentido amplio debe considerar las posibles interacciones con una política cambiaria diferencial, que refuerce la promoción condicionada, y genere las condiciones iniciales que permitan desarrollar los instrumentos efectivos para aplicar subsidios direccionados con resultados comprobables.

Asimismo, debemos preguntarnos a qué mercados apuntamos. Si el objetivo es alcanzar mayores escalas, con reducidos recursos, lo más apropiado es realizar acuerdos comerciales con países que presenten características similares y, por ende, no impliquen la destrucción de la industria al hacerlo. En este sentido, el MERCOSUR ampliado sería una buena manera de ampliar el mercado sin los problemas que generaría lograr la apertura para nuestras exportaciones, por ejemplo, del mercado estadounidense o de la Unión Europea, al costo de destruir las empresas por las importaciones. Es necesario, igualmente, reflexionar sobre la forma de tal integración. Actualmente, los acuerdos intrazona se caracterizan principalmente por establecer cupos de importación y exportación, a modo de que cada uno de los socios mayoritarios interfiera lo menos posible en la producción interna del otro. Un ejemplo claro de ello, son la industria automotriz y de “línea blanca”. Frente a este tipo de integración debemos plantear el avance hacia la consolidación de cadenas de valor regionales que acentúen el crecimiento de las escalas y la competitividad.

En definitiva, la Argentina enfrenta un problema común con sus pares latinoamericanos: una baja competitividad. Entonces, debemos encontrar los mecanismos que permitan compensar y reducir progresivamente tal rezago garantizando su resultado a través de fuertes condicionalidades. Sólo así, y en el marco del Mercosur, podremos apuntalar la competitividad de las empresas, condición fundamental para alcanzar el desarrollo económico.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: