Grupo TPI

Grupo para la Transformación Política de Izquierda

Causas estructurales de la Crisis – Columna 17-08

Posted by grupotpi en 20/08/2011

Para cerrar este ciclo de columnas sobre la crisis mundial, vamos a hablar de sus causas estructurales, haciendo foco en la base productiva. Entre el fin de la segunda guerra mundial y el fin de los 60, el capitalismo vivió lo que varios autores denominan la Edad de Oro. Durante esta etapa, los países industriales, principalmente EEUU, Europa Occidental y Japón expandieron sus economías a un ritmo inédito, con una fuerte intervención del Estado y con una alta participación de los trabajadores en el producto. En esta etapa se consolidó lo que se denomina Estado de Bienestar, que garantizaba el nivel de vida de las clases bajas de la sociedad, a través de transferencias de ingresos, financiadas con elevados impuestos a los sectores de altos ingresos. Sin embargo, esta edad de oro, basada en la producción industrial con salarios altos se empieza a agotar y a principios de los 70 y estalla con la crisis del petróleo.

El fin de la “edad de oro” implicó un cambio en el patrón de localización de la producción mundial. Esta relocalización fue posible gracias a una serie de avances tecnológicos, principalmente en las telecomunicaciones, la informática y el transporte. Durante la posguerra, las empresas de los países centrales se habían instalado en la periferia para proveer a los mercados internos. En los 70, sin embargo, empieza a crecer la producción localizada en los países periféricos para el mercado mundial.

Esto ocurre primero en los países del sudeste asiático, en lo que para la ortodoxia económica y política, incapaz de entender los fundamentos de las transformaciones del sistema capitalista mundial, constituyó un “milagro”. Este cambio de patrón, que no tuvo nada de milagroso, se originó justamente en las condiciones producidas durante el Estado de Bienestar: salarios altos en los países industriales, con el consecuente consumo elevado de la clase trabajadora en dichos países, frente a enormes cantidades de trabajadores de origen rural en los países periféricos, en condiciones de incorporarse a la producción industrial percibiendo salarios mucho más bajos. Es importante destacar que esta relocalización perjudicó esencialmente a la clase trabajadora de los países centrales, pero no así a los empresarios, que retenían el control de las empresas que se localizaban en los países de bajos salarios. Esto, en parte, explica la tendencia a la creciente desigualdad en dichos países, que se hace patente durante la crisis actual.

Del lado político, el cambio de etapa en el capitalismo implicó el avance del neoliberalismo, que implicó el desmantelamiento del Estado de Bienestar. Se abandonaron las transferencias de ingresos, reduciendo los impuestos a los sectores más altos y elevando los impuestos a los sectores bajos. Se liberalizaron los mercados, principalmente el financiero. Se impusieron políticas de flexibilización laboral, con lo cual los sindicatos, actores centrales en la etapa anterior, perdieron una fuerza que ya de por sí había sido menguada por la relocalización productiva. En los países en los cuales el Estado había conservado el control de la propiedad de sectores económicos claves, avanzaron las privatizaciones.

Todo este cuadro llevó a un patrón de desarrollo capitalista que tendió a agudizar una serie contradicciones: por un lado, se producía cada vez más en países de salarios bajos bienes que eran consumidos en países de salarios altos, pero con tendencia a la baja y al crecimiento del desempleo. Es decir, la clase obrera que producía cada vez más consumía poco, y la que consumía mucho producía cada vez menos. Mientras tanto, las empresas ganaban cada vez más gracias al ahorro de costos laborales y a la innovación productiva.

Como cada empresa intenta cada vez producir más gastando cada vez menos, en el agregado, esto genera una situación en la que la posibilidad de vender más bienes se encuentra con un límite, que es la reducción de la participación de los trabajadores en el ingreso. Cuando se alcanza ese límite, los empresarios se encuentran con que no pueden seguir invirtiendo de forma rentable en la expansión de la producción de bienes. Con lo cual, para mantener su capital en movimiento, deben recurrir a otro tipos de inversiones. Esencialmente, terminan prestando su dinero para financiar a otras empresas, al Estado y a los consumidores. Ese financiamiento es el que hace posible que se sostenga la contradicción entre la localización de la producción y la del consumo. La masa de excedentes volcada a la especulación dio origen a las distintas burbujas que se vienen sucediendo desde hace décadas en la economía mundial.

Sin embargo, el esquema de financiamiento agudiza otra contradicción: la que surge entre el dinero prestado y la capacidad de pago del deudor. La inversión financiera resulta rentable siempre y cuando el deudor pueda pagar su deuda. Y como esto en última instancia depende de la economía real, la inversión financiera funciona mientras la economía se expande. Pero como ya dijimos, la economía se estaba expandiendo sobre bases contradictorias. En cuanto las contradicciones empezaron a hacerse insostenibles, se dio un proceso de cesación de pagos que terminó con la bancarrota de bancos, aseguradoras, grandes industrias y que ahora se cierne sobre los Estados más desarrollados del mundo.

Los gobiernos de estos Estados están ahora perplejos frente a la situación mundial. Luego de décadas de pensamiento único y recetas neoliberales, están ahora impotentes para frenar la debacle de sus economías.

Al estallar la burbuja inmobiliaria, interpretaron que se trataba de una crisis financiera y de toma de riesgos  indebidos. La solución que propusieron fue una mayor regulación financiera.

Ahora que lo que empezó a flaquear es la capacidad de pago de los gobiernos de EEUU y de los países Europeos, sostienen que el origen de la crisis es el excesivo gasto público y la irresponsabilidad fiscal. Para la derecha tanto en EEUU como en Europa, la solución parecía ser la restricción constitucional, o directamente la prohibición, de los déficits fiscales.

Cuando la rebaja en la calificación de la deuda de EEUU desató la debacle bursátil, los malos de la película resultaron ser las calificadoras, y la solución, la prohibición de determinadas operaciones especulativas tales como el “short selling” (básicamente, apostar a que una acción va a perder valor).

A nivel político, esta crisis está dando lugar a dos fenómenos bien marcados: el crecimiento de la derecha y la ultra derecha, y las explosiones populares. La derecha hace pie, entre otras cosas, gracias a un fenómeno que también se viene dando en esta etapa del capitalismo: la heterogeneidad de la clase obrera. Esta heterogeneidad permite  echarles la culpa a los pobres, que en los países centrales están constituidos en gran parte por los inmigrantes. Hasta ahora, la derecha ha mostrado un grado de organización política mucho mayor que la resistencia anti sistema, e incluso en lugares como España se ha beneficiado por ella. De todas formas, dado que las políticas liberales no tienen posibilidad de resolver la crisis, ya que los ajuste ortodoxos sólo llevan a contraer aún más las economías, queda por ver cómo va a evolucionar la conciencia general de los sectores populares en los países más afectados por la crisis.

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