Grupo TPI

Grupo para la Transformación Política de Izquierda

El rol de las calificadoras de riesgo – Columna 31-08

Posted by grupotpi en 03/09/2011

En los últimos años se habló en varias ocasiones sobre las calificadoras de riesgo.  Seguramente muchos recuerden las noticias sobre el “riesgo país” que precedieron al desenlace de la crisis Argentina del 2001. En esa época, la gestión de la Alianza se desvivía por dar “señales “ a los mercados, intentando ahuyentar los miedos de los agentes del mercado a la devaluación (ya durante la campaña electoral), a las corridas bancarias y finalmente, al default sobre la deuda externa.

Más allá de la retórica reformista que empiezan a adoptar los gobiernos de derecha en este tema, en el capitalismo, las calificadoras de riesgo juegan un papel ineludible. Dada el desarrollo del sistema financiero mundial, su crecimiento en volumen y complejidad, los inversores especulativos no pueden recopilar y procesar por sí mismos la información necesaria para evaluar los riesgos de las inversiones. Recurren entonces a las calificadoras crediticias, que son empresas especializadas en analizar el riesgo asociado a invertir en empresas, industrias o bonos privados y públicos. De esta forma, a través de la mercantilización de la información financiera y dado que la reproducción de la información tiene un costo prácticamente nulo, ahorran a los inversores que compran esa información el hecho de tener que realizar sus propias investigaciones.

Gracias a la acción de la intermediación financiera, los efectos de las recomendaciones y apreciaciones de las calificadoras se multiplican. Por ejemplo, cuando en el 2001 los bancos italianos les recomendaban a sus clientes invertir en bonos de la deuda argentina, calificados como de bajo riesgo por las calificadoras.

El problema es que justamente al tratarse de entidades inmersas en la lógica capitalista, aún cuando en los papeles algunas calificadoras no tengan “fines de lucro”, están regidas por una serie de intereses que rara vez coincide con el desinteresado asesoramiento a los inversores. En algunos casos, las calificadoras se ven involucradas directamente en casos de corrupción: califican como seguras empresas que poco después quiebran. En otros casos, actuando en defensa de los intereses de los capitales financieros concentrados, castigan las políticas que están en contradicción con esos intereses. En los últimos años, la capacidad de las calificadoras para predecir grandes quiebras y profundas crisis ha dejado mucho que desear, sin que por ello hayan perdido demasiada influencia especialmente entre aquellos políticos, comunicadores y empresarios que adhieren al neoliberalismo.

Sin embargo, echarle la culpa a las calificadoras es un error: las calificadoras son un síntoma, no la causa del problema. Son síntoma de la irracionalidad del sistema capitalista, según el cual una gran masa de la riqueza producida en el mundo se asigna según los criterios de estas entidades. Recursos que superan con creces los disponibles para cualquiera de los estados.

En el caso de Argentina, donde Moodys bajó la calificación del sistema bancario no por su estado actual, sino por lo que eventualmente pueda pasar, se ponen de manifiesto estos elementos de “irracionalidad dirigida”. No  se trata de una mala apreciación, un error de cálculo, sino un mensaje a los mercados, con la intensión de promover un cambio de política económica. Más allá del rechazo que generó esta calificación, que incluye tanto al oficialismo como a la oposición de derecha, es importante recordar que la Argentina sigue siendo un país vulnerable a los vaivenes de la inversión privada. El sector financiero es especialmente sensible a los “humores”, debido a que permanentemente opera sobre el supuesto de que no ocurrirá una corrida bancaria masiva.

Como nota adicional, cabe preguntarse si después del resultado de las primarias y con un mundo en crisis, no sea tal vez este gesto una señal del inicio de una campaña en el plano económico, que apunte a desestabilizar los procesos de integración financiera que están ocurriendo en América Latina. Por sí sólo, este hecho no justifica una sospecha de este tipo, pero la historia reciente de nuestro continente nos enseña a no despreciar el efecto de los “golpes de mercado”, mucho más disimulados que los bombardeos con aviones no tripulados, aunque no necesariamente menos destructivos.

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