Grupo TPI

Grupo para la Transformación Política de Izquierda

Dilemas del tipo de cambio – Columna 05-10

Posted by grupotpi en 07/10/2011

Luego de un repunte tras la recuperación del 2010, las noticias recientes parecen volver a reforzar la idea del agotamiento del modelo económico, tal como viene funcionando desde 2003. Más allá de posicionamientos ideológicos, no habiendo cambiado los lineamientos políticos generales del gobierno en materia económica, lo que queda en evidencia es que persiste la fuerte vulnerabilidad externa de la economía nacional. En un contexto de crisis mundial prolongada, a los síntomas de agotamiento internos (la caída de los superávit externo y fiscal) se suman los efectos de la retracción de la actividad económica mundial.

En una economía con baja productividad física industrial (baja en comparación a los niveles de productividad predominantes en el mercado mundial) el tipo de cambio juega un papel de protección de la industria local, e inclusive de fomento de la exportación en aquellos sectores que alcanzan determinados estándares de calidad. A la salida de la convertibilidad, con los altísimos niveles de desocupación y de capacidad ociosa, la devaluación sirvió de aliciente para frenar el aluvión de importaciones que había caracterizado a los noventa. Dados los niveles salariales existentes en ese momento y la imposibilidad de los trabajadores para reclamar mayores salarios, la reactivación fue fenomenal. Sin embargo, con el correr del tiempo la recuperación del empleo llevó a la recomposición salarial. El aumento de la demanda y los márgenes de protección cambiarios les dieron a los empresarios el margen para aumentar los precios, mientras que los salarios seguían de cerca. Este proceso, con un tipo de cambio nominal relativamente estable fue erosionando el tipo de cambio real. Esto significa que, debido a la inflación, en dólares los productos industriales argentinos son cada vez más caros.

Mientras tanto, en el resto del mundo la crisis exacerba los factores que se venían desarrollando en el frente interno. Por un lado, la caída de la demanda mundial lleva a la caída de los precios de los bienes. Mientras que cada país, intenta defensivamente devaluar su moneda para proteger su industria (tal como la Argentina había hecho a la salida de la convertibilidad). Es decir, mientras los productos Argentinos se encarecen, la tendencia es que los del resto del mundo se abaraten.

Más allá del discurso mercadointernista del Gobierno, lo cierto es que el modelo se viene financiando principalmente gracias al boom de los precios de los commodities, siendo la soja el principal para Argentina. Este boom viene impulsado por la plena incorporación al sistema económico mundial de masas que hasta hace unas décadas se encontraban en los márgenes. Principalmente, la incorporación a la producción industrial de masas de obreros chinos e indios. Más allá del crecimiento en el consumo de esas nuevas masas obreras, lo cierto es que estas economías emergentes se articularon principalmente como proveedoras de bienes industriales para los países más desarrollados. Siendo que la crisis golpea más duramente justamente al “1er” mundo, estas economías emergentes empiezan a desacelerarse, y con ellas su demanda de commodities.

Teniendo en cuenta este panorama, la dinámica inflacionaria en la que nos encontramos y el carácter desequilibrado de la estructura productiva nacional (un sector primario de productividad excepcional y un sector industrial con un papel secundario en las cadenas de producción mundial), la política cambiaria se encuentra en un dilema. Lo más probable es que una devaluación del peso se traduzca casi proporcionalmente en mayores precios, es decir que no afecte al tipo de cambio real y no tenga por lo tanto efectos de protección cambiaria. Mientras que la inacción amenaza con dejar fuera de mercado importantes porciones de la industria nacional, arrastrando a la economía hacia el desempleo y la recesión. Indudablemente, los sectores reaccionarios (dentro o fuera del gobierno) abogan por un ajuste contra los trabajadores y los sectores que dependen de la ayuda social. Ajuste que permitiría, por ejemplo, devaluar el tipo de cambio y reprimir los aumentos salariales. Frente a este ajuste, una alternativa de política progresiva sería cambiar la forma en que se financia el crecimiento, mediante una reforma fiscal que disminuya la presión del IVA y aumente el impuesto a las ganancias, y que a su vez avance sobre las rentas agrarias, mineras y financieras. Indudablemente, el Estado debe a su vez fortalecer el rol que tiene en la determinación de la productividad general de la economía, mediante la inversión en educación, investigación, infraestructura y energía. Más allá del resultado electoral del 23 de Octubre, la disputa en torno al rumbo que tomará la política económica parece estar hoy más latente que nunca.

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